Convivir es compartir

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El pasado viernes 02 de mayo, quienes integramos el grupo de 7°A vivimos una experiencia sensible, enriquecedora y seguramente inolvidable para muchos. Nuestra convivencia fue el fruto de una serie de encuentros, esos cara a cara que la vida nos permite experimentar para crecer y fortalecer nuestro espíritu humanitario.

Llegar a la Fundación Dones de Misericordia era en principio un encuentro con esos grandes patios de las desaparecidas y típicas casonas de la costa Caribe: el follaje de sus árboles de mango, el acostumbrado calor matutino, la amplitud de un terreno verde y natural; todo lo anterior hace parte de un escenario tranquilo en medio del vaivén de unas mecedoras, donde hombres y mujeres unos más cercanos que otros al cenit de sus vidas, nos esperaban.

El silencio se vio interrumpido con nuestra llegada; en cada mano estrechada se trasmitió alegría, en cada saludo renació la esperanza de vivir un día diferente. Nuestro siguiente encuentro surgió al conocer las historias de vida de cada anciano: abandono familiar, indiferencia social, violaciones de diferente índole, entre otras razones que denotan lo injusta y egoísta que puede llegar a ser nuestra sociedad.
Cuando los estudiantes supieron de aquellas duras circunstancias, no se dejaron amedrentar por la tristeza que estas puedan causar; por el contrario, no dudaron en ser artífices de acciones nobles, era el momento de mostrar nuestra sincera admiración a través de la declamación poética hecha por el estudiante Hernando Hoyos, era el instante de la risa y el ingenio mediante “los colmos” compartidos por los estudiantes Amalín Ricaurte y Raúl López. Entonces un señor de manera amable, dejándose contagiar, solicitó cantar Noches de Cartagena y lo hizo con aquel sentimiento que inspiran las calles coloniales de nuestro Corralito de Piedras. 

El compartir continuó, con melodías del Joe Arroyo, los estudiantes Jesús Nieto y Roberto Saer, hicieron batir las palmas de quienes empezábamos a llamar nuestros abuelos. Todo hastío se aniquilaba, el cansancio de sus años contrastaba con las risas que florecían de sus rostros, la terquedad propia de su edad hizo de las suyas y otra vez nos cantaron Noches de Cartagena, ahí no importaba el protocolo ni el afán del tiempo, nuestra prioridad como Colegio Montessori era dejar que el amor, la solidaridad y el respeto por el otro fluyera libremente. En ese momento, otra vez aplaudimos con tanta efusividad como si aquel abuelito nos cantara su recordada canción por primera vez.

Después disfrutamos de unas interpretaciones en acordeón por los estudiantes Juan David Ayazo y Augusto Del Río, a nuestros oídos llegaban notas musicales de Diomedez Díaz y Silvestre Dangond, entonces la nueva ola vallenata se encontró con las raíces originales de dicho género y otro abuelito hizo homenaje a Rafael Escalona entonando la melodía de la bella casa en el aire. Ni la edad, ni los achaques de salud o la tradición fueron impedimento para compartir, mayor valor tenían nuestras ganas de generar cambio e impacto social.

Pasado el momento de la poesía, la comedia y la música; compartirnos un refrigerio en medio de charlas informales repletas de esa sabiduría que la vida otorga sólo con los años. Visitamos un huerto que nos habló de su autonomía, contemplamos ardillitas juguetonas que subían y bajaban por los árboles libremente, escuchamos piezas musicales nacidas de una vieja guitarra desafinada; todo lo vivido fue sencillamente hermoso ya que burló la rutina, alejó las tristezas y nos permitió reconocer que el valor de una convivencia está en tenderle la mano al otro, en concientizarnos que las riquezas no son para acumularse sino para compartirse como un acto que nace del corazón.

Finalizada la mañana, el reloj marcaba el momento del hasta luego, entonces la melancolía fue inevitable pero les recordamos que otro grupo regresaría y así brilló nuevamente la esperanza. Muchos estudiantes quedaron con la motivación de regresar para continuar cuidando la semilla de amor que cultivaron ese día, regresar con el ánimo de mostrar una vez más que el afecto sincero expresado a nuestro semejante es lo que en realidad nos hace hermosamente humanos y por ese motivo convivir sólo tiene real sentido al compartir.

 

Andreina Muñoz 

 



2/18/2015 10:45:22 AM



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